Más allá de la esperanza

Este es un ensayo de Derrick Jensen (2006) que me tomé la libertad de traducir ya que me parece que desenreda ideas importantes con las que he visto que muchos conservacionistas solemos enredarnos. El texto original se llama “Beyond Hope. Removing a major stumbling block to acting on behalf of the Earth” y lo encontré en el libro de Barry Lopez titulado “The Future of Nature”, pero lo pueden leer en https://orionmagazine.org/article/beyond-hope/. Sin más preámbulo, aquí se los dejo.

Las palabras que más comúnmente suelo oír por cualquier ambientalista en cualquier lado son, Estamos jodidos. La mayoría de estos ambientalistas están luchando desesperadamente, usando cualquier herramienta que tienen––o más bien, cualquier herramienta legal que tienen, lo que significa cualquier herramienta que aquellos en el poder les permiten el derecho a tener, lo que significa cualquier herramienta que en el fondo va a ser inefectiva––para tratar de proteger un pedazo de tierra, para tratar de parar la manufactura o liberación de tóxicos, para tratar de frenar a humanos civilizados que tormentan a un grupo de plantas o animales. Algunas veces son reducidos a tratar de proteger un solo árbol.

            Así es cómo John Osborn, un extraordinario activista y amigo, resume sus razones para hacer el trabajo: “Ya que las cosas se están volviendo cada vez más caóticas, quiero asegurar que algunas de las puertas permanezcan abiertas. Si los osos grizzli siguen vivos en veinte, treinta, y cuarenta años, pueden seguir vivos en cincuenta. Pero si se pierden en veinte, se pierden para siempre.”

            Pero no importa lo que hagamos los ambientalistas, nuestros mejores esfuerzos son insuficientes. Estamos perdiendo terriblemente, en todos los terrenos. Aquellos en el poder están obstinadamente empeñados en destruir el planeta, y a la mayoría de las personas no les importa.

            Francamente, no tengo mucha esperanza. Pero creo que eso es algo bueno. La esperanza es aquello que nos mantiene encadenados al sistema, el conglomerado de personas e ideas e ideales que están causando la destrucción de la Tierra.

            Para comenzar, está esta falsa esperanza de que de algún modo inexplicable el sistema cambiará repentinamente. O que la tecnología nos salvará. O la Gran Madre. O los seres de Alpha Centauri. O Jesucristo. O Santa Claus. Todas estas esperanzas falsas llevan a la inacción, o por lo menos a la inefectividad. Una razón por la cual mi madre se quedó con mi padre abusivo fue que no habían refugios para mujeres maltratadas en los años 50’s y 60’s, pero otra razón fue su falsa esperanza de que algún día mi padre cambiaría. Las falsas esperanzas nos atan a situaciones insoportables, y nos ciegan a las posibilidades reales.

            ¿Alguien realmente cree que Weyerhaeuser va a dejar de deforestar si se lo pedimos bonito? ¿Alguien realmente cree que Monsanto va a dejar de Monsantear [stop Monsantoing] si se lo pedimos bonito? Si tan sólo tenemos a un Demócrata en La Casa Blanca, las cosas van a estar bien. Si tan sólo vencemos a esta o aquella parte de la legislación, las cosas van a estar bien. Tonterías. Las cosas no van a estar bien. Ya ahorita las cosas no están bien, y se están poniendo peor. Rápidamente.

            Pero no es sólo las falsas esperanzas lo que mantiene encadenados a aquellos que van con la corriente. Es la esperanza en sí misma. La esperanza, nos han dicho, es un faro en la oscuridad. Es nuestra luz al final del túnel largo y oscuro. Es el haz de luz que se abre paso hasta en las celdas de nuestras prisiones. Es nuestra razón para perseverar, nuestra protección contra la desolación (lo cual debe ser evitado a toda costa). ¿Cómo podemos continuar si no tenemos esperanza?

            A todos nos han enseñado que la esperanza en alguna condición futura––como la esperanza en un paraíso futuro–– es y debe ser nuestro refugio en nuestras penas actuales. Estoy seguro de que recuerdan la historia de Pandora. Le dieron una cajita cerrada y asegurada, y le dijeron que nunca la abriera. Pero, siendo curiosa, la abrió, y salieron las plagas, las penas, y las fechorías, probablemente no en ese orden. Demasiado tarde la volvió a cerrar. Sólo una cosa permaneció en la caja: esperanza. La esperanza, dice la historia, era el único bien que la caja había guardado entre los muchos males, y hasta hoy permanece siendo el único consuelo para la humanidad en la desgracia. Nunca se menciona aquí la acción como consuelo en la desgracia, o de hecho hacer algo para eliminar o solucionar la desgracia.

            Entre más entiendo la esperanza más me doy cuenta de que merecía estar en la caja junto con las plagas, las penas, y las fechorías; de que sirve a las necesidades de aquellos en el poder así como con toda certeza les ayuda la creencia de un paraíso distante; que la esperanza realmente no es nada más que un modo secular de mantenernos a raya.

            La esperanza es, de hecho, una maldición, una desgracia. No digo esto sólo por el hermoso dicho Budista “La esperanza y el miedo se persiguen la cola uno a otro”, no sólo porque la esperanza nos aleja del presente, lejos de quiénes somos y dónde estamos en este momento y hacia algún futuro distante. Lo digo por lo que es la esperanza.

Más o menos todos nos lamentamos más o menos interminablemente sobre la esperanza. No creerías––o tal vez sí––cuántos editores de revistas me han pedido que escriba sobre el apocalipsis, y de ahí pedido que deje a los lectores con un sentido de esperanza. Pero ¿qué es la esperanza, precisamente?. En una plática que di la primavera pasada, alguien me pidió que la definiera. Le regresé la pregunta a la audiencia, y aquí está la definición que elaboramos entre todos: la esperanza es anhelar una condición futura sobre la cual no tienes agencia; eso significa que en esencia no tienes poder alguno.

            Yo no digo, por ejemplo, que espero comer algo mañana. Sólo lo hago. No espero respirar en este momento, o terminar esta oración. Sólo lo hago. Por el otro lado, sí espero que no se caiga el próximo avión que tome. El tener esperanza en algún resultado significa que has abandonado cualquier agencia al respecto. Mucha gente dice que espera que la cultura dominante pare de destruir el planeta. Al decir eso, han asumido que la destrucción continuará, por lo menos a corto plazo, y que han abandonado su propia habilidad para participar en parar la destrucción.

            No espero que el salmón coho sobreviva. Voy a hacer lo que sea necesario para asegurarme que la cultura dominante no lo extinga. Si el salmón quiere abandonarnos porque no le gusta cómo lo estamos tratando––¿y quién lo podría culpar?––le diré adiós, y lo voy a extrañar, pero si no se quiere ir, no voy a permitir que la civilización los extinga.

            Cuando nos damos cuenta del grado de agencia que en verdad tenemos, dejamos de tener “esperanza” en absoluto. Simplemente hacemos el trabajo. Nos aseguramos de que el salmón sobreviva. Nos aseguramos de que los perritos de las praderas sobrevivan. Nos aseguramos de que los grizzlis sobrevivan. Hacemos lo que sea necesario.

            Cuando dejamos de esperar asistencia externa, cuando dejamos de esperar que la situación terrible en la que estamos se resuelva sola de algún modo, cuando dejamos de esperar que la situación de algún modo no empeore, entonces finalmente somos libres––verdaderamente libres––de honestamente empezar a trabajar para resolverlo. Yo diría que cuando la esperanza muere, la acción comienza.

           

            La gente a veces me pregunta, “Si las cosas están tan mal, ¿por qué no simplemente te suicidas?” La respuesta es que la vida es muy, muy buena. Soy un ser lo suficientemente complejo como para tener en mi corazón el entendimiento de que estamos muy, muy jodidos, y al mismo tiempo saber que la vida es muy, muy buena. Estoy lleno de ira, tristeza, alegría, amor, odio, desolación, felicidad, satisfacción, insatisfacción, y mil otros sentimientos. Estamos realmente jodidos. Aun así, la vida es realmente buena.

            Mucha gente tiene miedo de sentir desolación. Tienen miedo de que, si se dejan a sí mismos percibir lo desesperado que es nuestra situación, entonces van a ser perpetuamente miserables. Se les olvida que es posible sentir muchas cosas al mismo tiempo. También se les olvida que la desolación es una respuesta completamente apropiada para una situación desesperada. Mucha gente también tiene miedo a que, si se dejan a sí mismos percibir lo desesperado que son las cosas, se van a ver forzados a hacer algo al respecto.

            Otra pregunta que la gente a veces me pregunta es, “Si las cosas están tan mal, ¿por qué no simplemente fiesteas?” Bueno, la primera respuesta es que realmente no me gusta fiestear. La segunda es que ya estoy teniendo mucha diversión. Amo mi vida. Amo la vida. Esto es verdad para la mayoría de los activistas que conozco. Estamos haciendo lo que amamos, luchar por lo que (y quienes) amamos.

            No tengo paciencia para aquellos que utilizan una situación desesperada como excusa para la inacción. He encontrado que, si les quitas esa excusa particular, la mayoría de estas personas sólo van a encontrar otra, y otra, y otra. El uso de esta excusa para justificar la inacción––el uso de cualquier excusa para justificar la inacción––refleja nada más y nada menos que la incapacidad de amar.

            En una de mis charlas recientes una persona se paró durante las preguntas y respuestas y anunció que la única razón por la cual la gente se vuelve activista es para sentirse mejor de sí mismos. La efectividad realmente no importa, dijo él, y es egoísta creer que lo hace.

            Le dije que discernía.

            ¿Acaso el activismo no te hace sentir bien? Preguntó.

            Por supuesto, dije, pero eso no es por lo que lo hago. Si sólo quisiera sentirme bien, podría simplemente masturbarme. Pero quiero lograr algo en el mundo real.

            ¿Por qué?

            Porque estoy enamorado. Del salmón, de los árboles afuera de mi ventana, de las bebés lampreas viviendo en el fondo arenoso de los arroyos, de las delgadas salamandras revolcándose. Y si amas, vas a actuar para defender lo que amas. Por supuesto que los resultados te importan a ti, pero no determinan si vas a hacer o no el esfuerzo. No simplemente esperas que tu amado sobreviva y prospere. Haces lo que sea necesario. Si mi amor no me causa proteger a aquellos que amo, no es amor.

 

Una cosa maravillosa sucede cuando abandonas la esperanza, que es que te das cuenta que nunca la necesitaste en primer lugar. Te das cuenta de que abandonar la esperanza no te mató. Ni siquiera te hizo menos efectivo. De hecho, te hizo más efectivo, porque dejaste de depender en alguien o en algo para solucionar tus problemas––dejaste de esperar que tus problemas se resolvieran de algún modo con la ayuda mágica de Dios, la Gran Madre, el Sierra Club, valientes abraza-árboles, valiente salmón, o incluso la misma Tierra––y sólo empezaste a hacer lo que sea que es necesario para resolver esos problemas tú mismo.

            Cuando abandonas la esperanza, sucede algo aún mejor que el hecho de que no te haya matado abandonarla, que es que de algún modo sí te mata. Te mueres. Y hay algo maravilloso en estar muerto, que es que ellos––aquellos en el poder––realmente ya no te pueden tocar. Una vez que estás muerto en este sentido, todavía puedes cantar, todavía puedes bailar, todavía puedes hacer el amor, todavía puedes luchar––todavía puedes estar vivo porque sigues vivo, más vivo que nunca. Te das cuenta de que cuando murió la esperanza, el tú que murió junto con la esperanza no eras realmente tú, pero un tú que dependía de aquellos que te explotan, el tú que creía que aquellos que te explotan de algún modo iban a parar por su cuenta, el tú que creía en las mitologías propagadas por aquellos que te explotan en orden para facilitar la explotación. El tú socialmente construido murió. El tú civilizado murió. El tú manufacturado, fabricado, estampado, moldeado murió. La víctima murió.

            Y ¿quién queda cuando ese tú muere? Tú quedas. Tú-animal. Tú-desnudo. Tú-vulnerable (e invulnerable). Tú-mortal. Tú-sobreviviente. El tú que no piensa lo que la cultura te hizo pensar sino lo que tú piensas. El tú que siente lo que no siente lo que la cultura te hizo sentir sino lo que tú sientes. El tú que no es lo que la cultura te enseño a ser sino el que tú eres. El tú que puede decir sí, el tú que puede decir no. El tú que es parte de la tierra donde vives. El tú que va a pelear (o no) para defender su familia. El tú que va a pelear (o no) para defender aquellos que ama. El tú que va a luchar (o no) para defender la tierra de la cual depende su vida y la de aquellos que ama. El tú cuya moral no está basada en lo que la cultura que está matando al planeta, matándote, sino en tus propios sentimientos animales de amor y conexión con tu familia, tus amigos, tu tierra––no en tu familia auto-identificada como seres civilizados sino como animales que necesitan un espacio, animales que están siendo matados por químicos, animales que han sido formados y deformados para encajar en las necesidades de la cultura.

            Cuando abandonas la esperanza––cuando mueres en este sentido, y por consiguiente estás realmente vivo––ya no eres vulnerable a la cooptación de racionalidad y miedo que los Nazis infligieron en los judíos y otros, que mi padre abusivo infligía en otras víctimas, que la cultura dominante inflige en todos nosotros.

            Pero cuando abandonas la esperanza, esta relación explotador/víctima se rompe. Te vuelves como los judíos que participaron en el Levantamiento del Ghetto de Varsovia.

            Cuando abandonas la esperanza, te alejas del miedo.

            Y cuando dejas de confiar en la esperanza, y en vez comienzas a proteger a la gente, cosas, y lugares que amas, te vuelves en verdad muy peligroso para aquellos que están en el poder.

            En caso de que te lo preguntes, eso es algo muy bueno.  

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El cascarón (ya a más de un año de empezar esta aventura)

Si pudiera describir lo que fue este año para mi en una sola palabra, diría “transformación”. Fue un año emocionalmente muy cargado, hubo vida y muerte, esperanza y desolación. Fue un año que me hizo enfrentarme de a huevo con mis inseguridades y mi percepción de mi misma, reevaluar qué considero importante y valioso en mi vida y qué viene netamente sobrando.

Cuando viví en Perú metida en la selva del Tambopata por tres meses (tres meses sin ver un coche, tres meses sin ver un gato, sólo selva amazónica conservada), llegué a tener la sensación de que vivía dentro de un cascarón. Podía sentir como si hubiera algo más allá de mi que me estuviera limitando a ser todo lo que puedo llegar a ser, a dar todo lo que soy capaz de dar. Hay tanta vida en mi pero por alguna razón no logro que salga, no logro o no dejo que se manifieste. Es como poder ver la belleza y complejidad de la vida pero creer que no sabes bailar en ella (después de los años me doy cuenta que más bien es que no me dejo bailar en ella). Desde hace siete años no había vuelto a pensar en el cascarón, hasta ahora que siento que le hice una pequeña fisura. Creo que este año me permitió abrir un huequito a través del cual pude ver otra forma de vivir, otra Sabine más libre, fuerte, segura. Este año en la selva jugó muy duro con mi autoestima, con mi capacidad de responder a dificultades, a soltarme en lo desconocido y confiar. Me hizo cuestionar qué quería para mi en la vida, mis sueños cambiaron. Digo, apenas es la primera fisura del cascarón, pasaron siete años de que me di cuenta de la existencia del cascaron a que pude hacer la primera fisura, quién sabe cuánto tarde en salir de él. Pero puedo sentir un cambio en mi. Es extraño, no es fácil describirlo. Sólo sé que hay un antes y un después que va más allá del tiempo pasado. Ya no me siento cómoda en ciertos espacios y, sin embargo, entiendo que para generar un cambio, para hacer conservación de verdad, debo fluir en todos los espacios.

Todo va de la mano. Ayudar al planeta es ayudarte a ti. El mundo de consumo que nos venden como la única manera de pertenecer al grupo es patológico tanto para la felicidad de uno mismo como es destructivo para la tierra. Ya es tiempo de que nos encontremos cara a cara con la devastación que nuestra forma de vida genera, con la repartición desigual de los costos y beneficios de la explotación de la tierra, y empezar a cambiar el rumbo. Como diría Barry López “The great challenge of our time is an ethical and metaphysical one, not a call to new technologies. Do we have the courage to face the carnage that industrialization has wrought, to face, everywhere, the social blight of hypercapitalistic aggression? And, having come to grips with injustice and terracide, can we find the mind to act? Can we imagine a way out?”.

Hoy llovió y la montaña respira

La lluvia llena todo de vida. Aún la hoja seca en el suelo respira con el golpeteo de las gotas. El cielo se oscurece, pero el agua hace que cada hoja brille entre las sombras. Es una lluvia tropical; a penas puedes respirar sin que se te llene de agua la boca. Con lluvias así podrías ver peces surcando el aire. Lluvia ensordecedora que no para y no para. Uno se pregunta ¿dónde cabe tanta agua en las nubes?. Se escuchan y se ven ventarrones trayendo lluvia aún más fuerte. No puedes hacer más que sucumbir en ella, dejarte llover.

Poco a poco la lluvia sigue su curso hacia otro lado; en otro lado estará regando milpas, encharcando calles. Poco a poco me deja hasta que las gotas parecen que van caminando de puntitas sobre los árboles. Los primeros rayos del sol bañan las superficies resbalosas de las hojas. Las aves son las primeras en cambiar de refugio, volando entre lianas y hojas de todos tamaños y formas. El lodo me abraza las botas como queriendo hacerme quedar “Hay más que ver aquí que no estás viendo. No salgas corriendo a trabajar”. Pero por fin me animo y me pongo a chambear. Del suelo el vapor sube. De los árboles, el vapor nace. Hacía un mes que no llovía de esta manera.

Al salir de la selva hacia los potreros, se siente el cambio de temperatura abrupto. Pero a lo lejos veo las montañas de la reserva completamente cubiertas en nubes blancas. La montaña respira. La montaña se crea y se da de comer.

Ser una mujer en el ejido

Irme a vivir a Loma Bonita significó hacer innumerables modificaciones a mi estilo de vida; a casi todas éstas les di la bienvenida con una sonrisa, pero aquellas que tienen que ver con ser mujer me siguen costando. Amo la soledad que este proyecto me ha permitido experimentar, me encanta ese pasar del tiempo estando sola conmigo y con Janga, fumar mi pipa lentamente mientras Janga juega y las aves se alborotan alistándose para dormir, pasar horas leyendo en la hamaca sin que nadie me interrumpa. Me encanta la libertad de tener una casita entera para mi, tener espacio para que mi persona se expanda. Pero esta soledad también genera mucha vulnerabilidad cuando pongo un pie fuera de casa.

Cuando llegué a Loma, no me sentía cómoda en ningún momento del día. Para ese entonces, yo trabajaba con otro guía que, además, era mi casero. En la chamba no nos entendíamos bien (ver “Un equipo de trabajo”), y eso hacía que se creara una situación muy tensa: una mujer sola a la mitad de la selva junto con un hombre mamado y macho con el que claramente no estaba congeniando. La situación se ponía todavía más incómoda cuando había que pasar un alambrado y me detenía el alambre de púas: ahí tienes de dos, o te agachas dándole las nalgas, o te agachas pasando frente a su paquete. Entonces, todo el tiempo en campo tenía que cuidar cómo me agachaba, los roces de piel cuando me pasaba una cosa, cómo me expresaba, todo el tiempo estaba alerta. Luego en la casa me tocaba comer con él codo a codo. Ahí sí era su territorio, y hacía claro su reinado jalándole los tirantes del brassiere a su esposa y echándose en la hamaca a ver tele mientras comía cacahuates y tiraba las cáscaras en el suelo. Yo calladita. Pero era tenso. Todos los días, todo el tiempo era tenso. Incluso para dormir tenía pesadillas y al despertar sentía presión en el pecho. Fue hasta que regresé a San Cristóbal después de haberme ido a la selva, que me di cuenta de la presión constante que estaba viviendo y que ya había normalizado cómo mi forma de vida. Temblaba. Me sentía extraña de poder enseñar mis hombros. Lloré sin saber por qué, pero ahora sé que fueron las lágrimas que me tragué por miedo a verme débil.

Ahora las cosas han mejorado mucho con mi nuevo guía, Adolfo. Es una persona padrísima, muy respetuosa y amable, no hubiera podido hacer mi proyecto si no fuera por él. Ahora la tensión se ha transladado a un grupo de jóvenes que me chiflan y me gritan de cosas cada vez que me ven pasar. Como ahora ya rentan internet en una casa del ejido, me suelo topar ahí a los que me chiflan. Cuando estoy ahí se empujan, eructan, hablan entre ellos de “la bióloga”, y yo sentada ahí a dos metros de ellos; por eso los llamo “los gorilas”. Un día, José, el hijo de Marta (mi casera y esposa de mi ex-guía) cumplió años e invitó a los gorilas a cenar a su casa. Yo le pago a Marta para que me haga de comer y ese día habían venido tres amigos a visitarme (chéquenlos!! —> BeCycling.net, @becycling), entonces me acerqué a la mesa con los gorilas comiendo para preguntar cómo iba a estar la cosa. En ese medio minuto nos llovió una cantidad de guarradas, y ni les importó que había un hombre acompañándonos. Lo que me sorprendió (y no, a la vez) es que ni Marta, ni José les dijeron nada. Nos guardamos en mi casa mientras esperábamos a que se fueran. Mis amigos se sorprendieron de lo confianzudos de estos jóvenes, han viajado por todo el mundo pero no les había tocado que se pusieran así, quizás y es porque vivo aquí. Mi amiga Nade me preguntó que por qué no hablaba con ellos en buen plan en vez de estarlos ignorando, pero es que siento que me podría salir el tiro por la culata y luego podría tenerlos aquí visitándome en la casa creyendo que quiero algo con ellos. Creo que de lejitos es la mejor opción.

Lo bueno es que no me ha pasado nada realmente malo, pero puedo ver fácilmente cómo podría pasar. Y eso es algo que extraña vez se considera en los proyectos de campo. Como que las mujeres que trabajamos en campo partimos asumiendo que nuestro guía nos va a tirar la onda pasivo-agresivamente, pero eso es una situación extremadamente desgastante a largo plazo, más si estás sola y sin tregua de la situación. Yo no hubiera podido continuar mi proyecto por un año con el mismo guía de campo, y sé que Adolfo es una excepción por no ser un macho prepotente. Luego agregándole cómo estoy en una zona fronteriza donde a veces en las noches se oye cómo “juegan” con armas de ráfaga, la cosa se pone más tensa; sé que en un encuentro con el narco a mi me meterían a la trata de personas, pagan más por una güerita. A lo que voy es que esto es “un elefante en el cuarto” que todos deciden ignorar en el momento de planear un proyecto. Una vez más es el factor humano que siempre nos falta considerar en la teoría. El mismo factor humano que seguimos sin poder integrar a nuestros proyectos de conservación.

De por qué a veces

Por ahí me preguntaron que por qué escribí la entrada anterior, y no pude responder. Es difícil resumirlo. Más o menos fue la tristeza que a veces resulta de años de ir viendo y aprendiendo cómo la naturaleza se organiza, interacciona, evoluciona, años de fascinarme con cada encuentro con fauna, con cada ecosistema que tengo la dicha de pisar; y al mismo tiempo, la desolación que me pega al ver cómo todo eso se está desvaneciendo tan rápido y tan burdamente. Es muy abrumador ver la magnitud del problema ambiental en que estamos metidos y ver cómo estamos haciendo todo lo contrario para revertirlo.

Trabajar en los fragmentos de selva en la Lacandona te recuerda esa realidad cada día constantemente. Hacia dónde volteé hay kilómetros y kilómetros de ganado, palma, o milpa, donde hace no más de treinta años se erguían ceibas y caobas inmensas atestadas de vida, cubiertas de lianas y epífitas. Kilómetros y kilómetros que fueron desmontados a machetazos y motosierras, y después quemados, eliminando toda evidencia de aquella red compleja de vida que tomó millones de años en establecerse. Cuando estoy por aquí, odio el sol… porque es seña de que la selva ha desaparecido; el dosel de la selva madura es tan denso que no deja pasar los rayos del sol, no importa que no haya una sola nube. Cuando estoy por aquí, odio las casas de madera; no puedo evitar reconstruir mentalmente los árboles a partir de los tablones que hacen mi casa.

Y al estar trabajando de “éste lado del río” –donde no es reserva– me toca ver cómo la devastación sigue, y sigue, y sigue. También sé que sigue del otro lado de la reserva. Pero al trabajar en los fragmentos de selva, todo el tiempo me enfrento con pedazos nuevos de selva convertida en cenizas cayendo del cielo. Es muy doloroso ser testigo de la devastación. Es muy impotente ver que aún no puedo hacer nada para frenarlo. Son demasiadas bocas que convencer para que opten por otro aprovechamiento de su tierra; aún más difíciles de convencer si no tienen educación. Son intereses millonarios los que están de fondo. Son tantos países en la misma situación. Es tanta la urgencia y tan lento el progreso.

Las ceibas nos recuerdan lo alto que llegaba a ser la selva.

A veces

A veces el peso de la realidad simplemente cae sobre mí con todo su peso aplastante, como si te dejaran caer una casa encima soltada desde el cielo. Miles años de historia humana, de engaños, de miedos, de guerras por avaricia, por un acumular patológico. Las previsiones de nuestro futuro compartido me entristecen en lo más profundo de mi ser. A veces lloro. A veces caigo en el nihilismo. No es fácil mantener la llama de la esperanza encendida.

Dos realidades, un mundo

Tuve que regresar un mes a Morelia porque, al final de todo, me comprometí con un posgrado y le tengo rendir cuentas de vez en cuando. Entonces heme aquí con perrita y todo, tratando de sacar un artículo de revisión en un mes, escribir reportes de beca, y presentar un tutoral decente .

Aunque tan sólo estoy a un vuelo de dos horas de distancia entre Tuxtla y el DF, el cambio se siente como jet-lag. Jangala y yo estábamos completamente desconcertadas cuando llegamos al aeropuerto de la CDMX viendo a tanta gente pasándonos tan a prisa. Mis botas de campo enlodadas resaltaban entre la pulcritud de los otros pasajeros. Mi viejo backpack cargado de historias, mis pelos despeinados, la transportadora de Janga, hacían que pareciera un ropavejero tratando de moverme cargando con tantas cosas encima. Me reciben mis abuelos y mi hermano, y se ponen a platicar en lo que me parecía ser otro idioma por las conversaciones tan ajenas que escuchaba. Jangala miraba atenta por la ventana todas las luces de los coches por la noche, como si estuviera en otro planeta.

Al inicio la interacción con la gente era extraña. En el ejido las conversaciones son más simples, más mundanas. Hablamos de la gente y de la chamba, de vacas y cosechas; nada que ver con las conversaciones de la ciudad donde el flujo de información es mucho más rápido, con noticias, figuras públicas, eventos y polémicas sociales. Los primeros días me quería guardar más, realmente no tenía ganas de ver a la gente. Al inicio veía cada cosa de comer con ojos de náufrago –¿un kiwi? ¡qué cosa tan extraña!. Me sorprendía abrir el refri o la alacena y ver tanta comida junta. Al inicio no dejaba de ver cada objeto como si fuera un lujo: un tapete, una secadora, una tostadora de pan. Al inicio, los recuerdos de la selva estaban tan presentes, todo lo comparaba. Pero este estado no duró mucho; una semana quizás. Al poco rato yo ya estaba envuelta en la vida diaria de la ciudad como si nunca me hubiera ido. Estuve trabajando sin parar un mes en Morelia, tenía (tengo) un chingo de chamba y muy poco tiempo para cubrirlo. Estuve trabajando hasta los fines de semana. Vida de rutina de 9 a 6. Y cuando me permitía el fin de semana, salía con mis cuates; como si no estuviera lo suficientemente cansada para ir a tomar y bailar, como si mi mente no pidiera a gritos un descanso.

Como un sueño, se desvaneció de mí el “modo selva”; la sensación que me inunda al vivir ahí, un estado mental tan diferente. No es que los recuerdos se vayan, se va la calma que sentía en ese momento, se esconde el entendimiento minucioso de nuestra sociedad  –ese desmenuzar cada objeto en sus partes primas e imaginarme de dónde vienen realmente las cosas. En este mundo extraño, mi atención se absorbe en las redes sociales, las cosas suceden y nos las veo, trato de lograr hacer todo pero aún haciéndolas quedo insatisfecha, siempre falta más. En la selva el tiempo pasa lento, aquí pasa rápido. En la selva me simplifico, aquí me complico. En la selva constantemente veo cómo toda acción repercute en el ambiente, en la ciudad se me olvida.

     Pero lo importante es no perder de vista que esto no se trata de dos mundos distintos como lo hago sonar. Son dos lados de la misma moneda. Dos formas de vivir la realidad, pero son el mismísimo mundo al final de todo. Pareciera que los mercados son el portal que conecta las dos realidades, el punto en común capaz de modificarlas. Si en el campo hay carencia, en la ciudad se alzan los precios. Si la ciudad no compra, el campo cambia para que compren. Fuera de relaciones económicas, en la ciudad vivimos cómodos ignorando su realidad, normalizando sus dificultades del día a día. Y al ignorar esa realidad, también hemos ignorado la realidad de nuestro planeta cada vez más antropizado hasta que nos golpea en la cara con el cambio climático y extinciones masivas. Ignorar esa realidad sólo perpetúa la explotación de su gente y sus recursos. Ya no podemos seguir creyendo que el mundo rural es un mundo aparte al mundo urbano, sería equivalente a decir que el mundo de los esclavos era un mundo distinto al de las personas libres. Sólo disolviendo esta brecha podremos construir un mundo más justo y más respetuoso con el ambiente.